¿Comenzaremos a enamorarnos de nuestras computadoras y de inteligencias artificiales en el futuro?

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En la película Her, de Spike Jonze, un hombre se enamora de su sistema operativo. De muchas formas, es un agudo comentario de la sociedad moderna y nuestro creciente vínculo con la tecnología. Es acerca de los smartphones que nos llevamos a la cama antes de dormir y las computadoras que usamos para trabajar todos los días.

Pero, además, hay mucho de cierto en la idea de que la gente podría enamorarse con las cada vez más inteligentes máquinas con las que pasamos gran parte del día. Para muchos psicólogos, científicos sociales y expertos en inteligencia artificial, quienes estudian este tipo de relaciones, no es una cuestión de “podría ser”, sino de “cuándo”.

Las raíces de esta investigación datan de 1966, cuando un profesor del MIT (Instituto Tecnológico de Massachusetts) llamado Joseph Weizenbaum creó un programa computacional denominado Eliza, un bot de charla que imitaba a un terapeuta. Contestaba a lo que la gente decía con preguntas dirigidas y vagamente empáticas. Una conversación típica con Eliza sería algo como esto:

Humano: Bueno, mi novio hizo que viniera aquí.

Eliza: ¿Tu novio te hizo venir aquí?

Humano: Él dice que estoy deprimida la mayoría del tiempo.

Eliza: Siento escuchar que estás deprimida.

Humano: Es verdad. Soy infeliz.

Eliza: ¿Crees que venir aquí te ayudará a no ser infeliz?

[Etc.]

Lo que Weizenbaum observó fue que la gente trataba a Eliza como una persona, y que el software era capaz de generar respuestas extensas, atractivas y provocadoras. El programa era aguda ingeniería social en funcionamiento, mas no inteligencia artificial capaz de seguir una conversación sostenida. Pero aún así, su efecto era profundo. De hecho, debido a que los voluntarios no se estaban comunicando con otro ser humano, a veces se sentían más cómodos compartiendo pensamientos dolorosos, vergonzosos o íntimos.

“Cuando nos comunicamos en un ambiente con menos señales de expresión facial y lenguaje corporal, la gente tiene mucho espacio para idealizar a su compañero”, dice Catalina Toma, profesora adjunta de comunicación en la Universidad de Wisconsin. Ella busca investigar y demostrar que a los humanos que se comunican remotamente a través del correo electrónico o un chat, a menudo les resulta más fácil formar vínculos personales que con gente que conocen cara a cara. “Puede ser difícil para la gente de verdad, con todas esas molestas complicaciones del mundo físico, competir con eso”, asegura.

Jonze explora temas similares en Her. “Siempre quisiste tener una esposa sin el reto de lidiar con nada que sea verdaderamente real”, le reclama una de sus ex parejas a Theodore (Joaquin Phoenix), el protagonista de la historia.

Bonnie Nardi, profesora en el Departamento de Informática en la Universidad de California Irvine, dice que hoy la mayoría de la gente no cree que se podría enamorar de su computadora. “Ellos, sin embargo, desean que el amor pudiera ser así de simple”, señala. “Tan programable, tan alcanzable. Las computadoras nos engañan porque tenemos el dominio de controlarlas”.

Hay una gran brecha, por supuesto, entre el tipo de inteligencia artificial que tenemos hoy y la que se muestra en Her. Y cruzar ese misterioso cauce será difícil. “Antes de que puedas en verdad enamorarte de tu computadora, tendrías que estar convencido de que te entiende y de que posee una mente propia. La diferencia entre la película y la realidad es que, justo ahora, no hay máquina que pueda mantener la ilusión por mucho tiempo”, dice Gary Marcus, profesor de psicología en la Universidad de Nueva York, quien ha escrito ampliamente sobre inteligencia artificial.

El profesor Marcus cree que relaciones íntimas menos complejas, no obstante, probablemente brotarán según evolucionemos hacia la meta de inteligencia artificial parecida a la vida. “La gente tiene relaciones diferentes con sus perros que las que tienen con humanos; hay diferentes tipos de amor”.

En tanto progresemos hacia inteligencia artificial más poderosa que pueda atraer a un nivel alto, las máquinas podrían comenzar a llenar roles más simples como compañía ligera. “Pasará un buen rato antes de que tengamos con computadoras el tipo de relaciones emocionales complejas que tenemos con otras personas, pero imagino que el hecho de que la gente tenga aventuras de una noche con un androide, sucederá mucho más pronto”, asegura Marcus.

Mientras que la inteligencia artificial podría convertirse en una compañía cada vez más interesante —incluso en un amante— hay quienes dudan que nunca podría proveer a un compañero para la forma más profunda de amor humano. “Mientras que un programa informático podría ofrecer un cautivante romance virtual, así como Eliza no era una mal terapeuta, podemos ver otra película, When Harry Met Sally (Cuando Harry encontró a Sally), que nos dice por qué seguiremos buscando lo verdadero”, dice Nardi. “La intimidad privada por la que imploramos podríamos obtenerla interactuando con un programa informático, pero nunca estaremos felices con eso. Queremos que otros tengan lo que nosotros, lo cual, en los hombres y mujeres de carne y hueso, en toda su imperfección y necia incapacidad de ser programados, es esencial”.

Publicado originalmente por Ben Popper en: The Verge

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